
Dirigida y escrita por Josué Méndez,
“Días de Santiago” no deja indiferente a nadie. Y es que los oscuros paisajes y vivencias del protagonista son plasmados por una excepcional actuación de
Pietro Sibille. Creando los ingredientes perfectos para un drama desesperanzador.
“Le llaman salvaje al río que se desborda, pero no al cabrón que lo oprime”, fue la frase que vio Méndez escrita en una muralla y lo motivó a traspasar esta historia al cine.
Santiago Román es un joven ex combatiente peruano, que después de servir por seis años a su patria debe enfrentarse al peor escenario bélico existente... volver a la realidad.
Es aquí donde se desenlaza una batalla campal entre dos mundos. Por un lado, el espíritu de lo leal y lo correcto, que lo remite a su pasado militar. Y por otra parte, la sombría Lima, llena de pecaminosidad y perturbaciones.
Es en la capital de Perú, donde descubre la irresponsabilidad y el goce pleno del interés personal por sobre el común. Como un perro encadenado que de pronto se vuelve libre.
A la vez, el corazón también le juega una mala pasada. Su matrimonio pasa por una profunda crisis que no escatima en ponerse cada vez más aguda. Sus compañeras de estudio y su cuñada son sólo algunas de las féminas que se suman a su vida, permitiendo que el precipicio se haga más grande.

Ante tales contradicciones, Santiago vive una eterna búsqueda de su equilibrio que lo lleva a divagar en un inestable estado mental. Sensación que el director refleja mediante los distintos matices de colores y movimientos de cámara.
Además, la ausencia de flashbacks impregna de realismo a nuestro guerrero frente a la ciudad. El pasado en el ejército, es sólo un recuerdo inmerso en él, memorias de guerra que lo atormentan y generan el principal climax.
“Días de Santiago” es de esas cintas depresivas, ajenas a toda convencionalidad. Con una estructura narrativa que nos rememora una canción de Radiohead o “The End” de Los Doors. Pero más aún, nos sitúa en una posición de culpabilidad frente al lento derrumbe del protagonista, sin tener la oportunidad de remediarnos.
Esta agonía resulta completamente llevadera e interesante. La denuncia que se impregna en el relato no cae en transformarse en algo netamente conceptual, sino que se mezcla con un ágil desplazamiento de la acción, haciéndola recomendable para ver con un paquete de cabritas o analizar con un cigarro en la mano.

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